martes, 11 de noviembre de 2008

Los Milagros de Jesús


Los milagros que hizo Jesús durante su vida son la mejor prueba de su divinidad:

"Las obras que yo hago en nombre de mi Padre testifican de mí" (Jn. 10-25). Esta es la respuesta de Dios que corrobora la afirmación de Jesús de ser su Hijo en el sentido más pleno y verdadero.

El concepto de milagro se compone de cuatro elementos:

1) debe ser un hecho sensible, es decir, capaz de ser percibido por los sentidos e instrumentos de investigación científica;

2) debe ser superior a las fuerzas de la naturaleza, de tal modo que éstas sean incapaces absolutamente de realizarlo, o que no puedan realizarlo en aquel modo determinado;

3) al superar las fuerzas naturales, el milagro debe proceder de Dios como causa;

4) esta intervención de Dios debe tener un fin religioso, como la demostración del carácter sobrenatural de una revelación, o un fin moral como podría ser la demostración de la inocencia de una persona.

Se distinguen tres especies de milagros:

1) físico, si el hecho supera la capacidad de la naturaleza física, como la curación instantánea de un tuberculoso, la resurrección de un muerto, la multiplicación de los panes;

2) intelectual, si la acción supera la capacidad de la inteligencia humana, como el conocimiento del futuro libre, la penetración de los secretos de las conciencias;

3) moral, si supera las leyes morales, como una conversión imprevista, el valor de resistir un martirio.

Los teólogos suelen distinguir comúnmente los milagros en absolutos y relativos. Los primeros son hechos sensibles que no pueden producir ninguna fuerza creada, como la resurrección de un muerto; los segundos no los puede producir la naturaleza sensible, pero los podría realizar un ángel o demonio.

Dios, ser infinito, tiene poder y razones suficientes para modificar el curso normal de las leyes naturales. Sin embargo, no basta que Dios pueda hacer milagros, porque es sapientísimo debe tener razones para realizarlos, pues no hace nada que no tenga un fin digno de El. Cuando Dios necesita o quiere mandar un mensaje a los hombres se vale de los milagros para eliminar toda duda de que El es quien interviene.

Aunque Jesús, al presentarse al mundo como el Mesías, se sirvió de la excelencia de su doctrina y de la santidad de su vida (Jn.8,45), también tuvo que valerse de los milagros: "Aunque no me creáis a mí, creed en las obras" (Jn. 10,38).

Los milagros que nos narran los evangelios fueron en primer lugar hechos reales desde el momento que aceptamos la historicidad y la autenticidad de los mismos. La vida de Jesús, sus discursos, la fe de los apóstoles, el entusiasmo de las muchedumbres, la resistencia de los enemigos, las discusiones con los fariseos, no se explican sin los milagros. La historicidad de los milagros la confirma el estilo sobrio y simple con que están escritos. Ninguna ostentación o exhibición, ningún indicio de la tendencia oriental a la exageración. Las enfermedades que cura son las comunes entre los hombres: la lepra, tan frecuente entonces en Palestina, la ceguera, la parálisis, la hidropesía. Es evidente que los evangelistas no inventaron casos extraordinarios para resaltar los poderes de su Maestro. Por todo esto la hipótesis racionalista que rechaza la historia de los milagros ha sido paulatinamente desmentida.

En segundo lugar, también se puede probar su sobrenaturalidad o sea, que son señal de intervención divina . Jesús poseía un dominio único y absoluto sobre la naturaleza. Al tratar los racionalistas modernos de dar una explicación natural, la achacan a la sugestión, a las fuerzas ocultas, a las leyes de estadística o al fenómeno natural de una persona dotada de cualidades extraordinarias. Pero analizando cada una de estas explicaciones separadamente se llega a la conclusión que todas tienen sus fallas.

La misma ciencia se estrella ante la ley del determinismo que es la no libertad de la materia y todas las fuerzas que proceden de ella de alguna manera. Los milagros escapan a todo determinismo.

En tercer lugar, solamente con los milagros podía Jesús probar su divinidad. Los milagros son señales al alcance de todos. Son prueba de todas las facetas de su misión divina. Es tan grande su fuerza que no admiten excusas en quienes no crean en El, de esta manera probó Jesús ampliamente su afirmación de ser Hijo de Dios. El dominio absoluto que poseía de las fuerzas de la naturaleza solamente le podía venir de Dios. Pero Dios no concede su dominio sobre la naturaleza a un impostor. Si lo concedió a un hombre que se proclamó su Hijo, fue porque era verdaderamente lo que decía. Además, este poder de los milagros lo transmitió Jesús a sus discípulos.

Las bodas de Caná
En Caná, Jesús comienza sus milagros y sus signos eficaces para la salvación de todos los hombres. Los mismos discípulos comenzaron a creer en Jesús desde ese día.



Ningún acontecimiento familiar mueve a propios y extraños como una boda. Son familias enteras que se unen para la creación de una familia. La alegría es grande en todas las épocas y en todos los continentes. Todos los pueblos tienen sus propios rituales y sus liturgias familiares para obsequiar a los novios que se preparan para emprender toda una vida juntos.

Israel tenía su propio ritual, su liturgia propia, donde se mezclaba la alegría humana, y la religiosa, que eran como dos rostros de una misma alegría religiosa. En el pueblo sencillo, las gentes arreglaban con mucho tiempo la fiesta de bodas. En la vida monótona y gris de los pueblos alejados de la gran capital, Jerusalén, la boda era un momento aparte. Era sentirse gentes, sentirse amados, sentirse unidos, sentirse hombres, y hombres amados de Dios porque les confiaba su amor y su cariño.

En la fiesta de bodas se entremezclaban los cantos, el baile, la comida y también el vino, que no era propiamente una bebida de placer, sino un alimento, propio de estos días. La fiesta duraba 7 días poco más o menos, según el poder económico de las familias. Se hacía en el patio comunitario de varias familias, y podían participar propiamente todos los moradores del pueblecito.

El Evangelio de San Juan nos habla también de una boda, y comienza diciendo sencillamente: “Al tercer día, hubo una boda en Caná de Galilea... fue una boda muy especial... pues a ella estaba invitada María, la Madre de Jesús. Ella fue invitada a servir, a atender a los invitados, era una familia pobre, sencilla... y también asistió Jesús, que llegó acompañado de los primeros discípulos que fue eligiendo en el camino. Ahí volvieron a encontrarse María y Jesús que ya tenía varias semanas de haber dejado el pobladito de Nazaret. Fue grande la alegría del encuentro, sobre todo para María que no sabía si permanecer en Nazaret, o seguir discretamente a su hijo por los caminos de Israel.

Los hombres estaban aparte, en pequeños grupos, entre los que destacaba el de Jesús, por su alegría y su cálida apertura. Las mujeres ocupaban los lugares cercanos al fogón, para atender las necesidades de los comensales. Y ocurrió que con esa intuición y esa mirada que sólo tienen las mujeres y las madres, María se dio cuenta de que los comensales eran mas de la cuenta y que el vino no iba a alcanzar para todos. Era un gran problema para los novios, pues por muchos años serían recordados como los pobretones que no habían atendido adecuadamente a sus invitados que venían de lejos al festejo.

Por eso María, sin querer ser notada, se acerca discretamente a Jesús, y al oído le dice: “Hijo, estos pobres muchachos ya no tienen vino”. No pidió nada, no exigió nada. Sólo fue una sugerencia. Cristo lo entendió así. Y después de un momento que pareció de rechazo o de reproche, Jesús, no por motivos humanos, no por salvar anecdóticamente la honra de los novios, sino para comenzar a manifestar su gloria, se decide a atender a la invitación de María.

María, por su parte, sin entender totalmente la respuesta de su Hijo, pero con verdadera entereza, va con los novios y les dice: “Hagan lo que él les diga”. Bendita palabra de María. No volverá a pronunciar palabra en todo el Evangelio, pero con eso nos bastará para saber lo que María desea, y lo que María puede hacer. Es la palabra para todos los que quieren la paz, el amor, el consuelo, y es la manera definitiva de entrar a formar parte del Reino de Dios: Hacer la voluntad de Cristo el Hijo de Dios.

Los sirvientes se miran unos a otros extrañados de que Jesús les diga que llenen de agua las tinajas para las purificaciones de los invitados. Si ya están completos, ¿para qué más agua? Pero son sirvientes, y tienen que obedecer. Cuando las tienen llenas, van con miedo de prestarse a una broma, al maestresala para que pruebe aquello. Y viene la sorpresa. Es vino excelente. Vino del bueno, y son seiscientos litros. Nadie da crédito a sus ojos y a su paladar. Sorpresa del maestresala, sorpresa de los sirvientes y ¡Sorpresa del novio, que no se daba cuenta de nada!

La fiesta transcurrió con una gran algarabía, dando gracias a Dios de tener tales invitados. Para Cristo fue un día de gloria. Hacía poco que había santificado las aguas en el Jordán, y ahora transformaba el agua en vino, que presagiaba el vino nuevo, el de la redención, el de la Nueva Alianza, el vino de su muerte y su resurrección.

Ayer había sido el Padre el que lo daba a conocer y lo respaldaba: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo todas mis complacencias”. Hoy era María la que lo presentaba y animaba a que mostrara ya delante de los hombres la misión a la que había sido enviado: a anticipar el Banquete de las bodas del Cordero; “el Reino de Dios es, dirá San Marcos, es como un rey que preparó un festín de bodas para su Hijo”.

Ayer Cristo se humilló en el Jordán realizando un verdadero gesto de penitencia, y hoy en Caná deja ver su gloria, en un hermoso juego de luz que se vela y desvela, y sabe compartir y colaborar a la alegría humana en un banquete de bodas.

Con el bautismo en el Jordán, Jesús comienza su vida pública. En Caná, Jesús comienza sus milagros y sus signos eficaces para la salvación de todos los hombres. Los mismos discípulos comenzaron a creer en Jesús desde ese día.

Curación de una mujer y resurrección de una niña

Un día Jesús estaba tratando unos temas acerca del ayuno con los discipulos de Juan. Y se le acerca un alto jefe y le dice parándose delante de Él: " Señor mi hija acaba de morir, pero si tu vas y le impones tus manos ella vivirá". Jesús se puso de pie y lo acompañó con sus discipulos. En un momento se le acerco por atrás una mujer que sufría de hemorragias desde hacía muchos años y le tocó los flecos de su manto pensando : " Con solo tocar su manto quedaré curada". Jesús se dio vuelta y cuando la vio le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese momento la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del alto jefe vio mucha gente que gritaba y les dijo:" Vayanse, la niña no está muerta, está dormida". Todos se reían de Él. Cuando por fin se fue la gente , Jesús entró, le tomó la mano y ella se levantó, y este hecho se comentó por toda la región.
Estos como tantos otros milagros sucedían porque Dios veía que la gente se le acercaba a Jesús con mucha Fe, y para que sigan teniéndola le daba el poder para curarlos. De este modo en cada lugar que visitaba Jesús había cada vez más hombres y mujeres que adoraban a Dios.

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